LUGARES AMENOS

Suelo pasar noches en el monte. A veces duermo en mi coche, a pie de pista, listo para despertarme tan pronto como sea necesario; otras, a la intemperie en lo que los alpinistas, románticos, llaman “el hotel de un millón de estrellas”.
A veces, también, ando de noche por el monte. Hay trayectos demasiado largos o penosos para recorrerlos en lo que dura un día, o lugares a los que la luz del alba —o la de las estrellas— sienta particularmente bien.
Aunque la luz de la luna, sutil, puede ser suficiente para ojos acostumbrados a la oscuridad, ese no es mi caso. Para poder avanzar con seguridad siempre llevo un frontal y pilas de sobra. El círculo de luz alumbra el camino y me enseña por dónde daré los siguientes pasos. En comparación con esa luz, todo alrededor está oscuro. Nunca sé lo que hay fuera del círculo de luz, tampoco doy por seguro lo que hay dentro de él.
¿Si aparto mi mirada –y, por tanto, la luz de mi frontal– de esas ores al borde del camino, por un momento, seguirán ahí cuando vuelva? ¿O habrá otra cosa? No es sobre lo que se ve, sino sobre todo aquello a lo que no llega la luz.

No me gusta andar por la noche.